Sonetos para la fraternidad ( Son-ethos XVII, XVIII y XIX)



XVII, XVIII y XIX

SONETOS PARA LA FRATERNIDAD

La trashumancia, del yo hasta los todos,
camina por arroyos polvorientos
del sueño levantado con los vientos
que germinan del núcleo sin contorno,

sin límite espinado. Mas si entorno
la mirada, mi transparencia veo,
tal como ellos, que consiguen mi verbo
para usarlo en los ajenos recodos,

con lo cual, ya en ciencia, colijo honesta
que, si manipulan, es que algo di,
y con eso dado asomé mi esencia,

que por cristalina y clara, febril,
pudieron atisbarla en sus carencias,
vacíos llenados de forma vil.




Debilidad, vacío, son igual,
no más que de todo humano el resorte,
aunque los que en mano ostentan cohortes,
desde el adentro, para abaratar,

nos acarician. Injusto desorden
de intenciones en paso de lo igual,
pues los otros y yo, en guerra de aval,
no hacemos más que encarecer los portes.

Aquéllos, sin conciencia por nosotros.
Nosotros, sin presciencia por el vuestro.
Todos con desinterés hacia el otro.

De tal forma que al final, con denuedo,
sólo pierden el sincero tesoro,
los que en soledad claman al desierto.




Las intenciones, la bella adormida
del fiel iris con nuestro doble yo
en sincero anuncio del corazón,
resultan las realmente agredidas:

Nuestras simples bondades escondidas,
nuestra vital creencia en el Amor.
Que a ellas sólo debamos el valor,
que sean lo único que nos divida.

Corazón, no te pierdas en mi piel.
Ésa, que otros nombran como divina,
es tan humana como la de aquél.

Que tú en tu estancia clara siempre vivas,
que no necesitas caricia o fe
que en ajeno uso llegan pervertidas.

* * *

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